Corazón de Jesús

Cuando usamos la palabra CORAZÓN en frases como “tiene puesto el corazón en su negocio”, “te lo digo de todo corazón”, “tiene un corazón de oro”… es evidente que no nos referimos a ese órgano de nuestro cuerpo, consistente en un músculo encargado de hacer circular la sangre por todo nuestro organismo… Se trata de nuestra afectividad, de ese conjunto de sentimientos espontáneos, emociones, pasiones, que nos mueven a actuar de una determinada manera; pensamientos e intenciones que nos brotan de forma natural cuando no estamos sobre nosotros mismos… Todo este mundo interior que marca nuestra personalidad, nuestro modo de ser, es al que nos referimos cuando hablamos del CORAZÓN… Muchas veces nuestro corazón (lo que realmente somos) no coincide con lo que quisiéramos ser. Nuestras reacciones espontáneas no concuerdan con la personalidad que nos gustaría tener. ¿Por qué? Cuando la primera pareja salió de las manos de Dios, existía una situación de equilibrio y armonía, tanto en la naturaleza como en el mundo interior del hombre. Esto se debía a la Gracia Santificante, que es una participación en la vida sobrenatural de Dios. Sin embargo, Adán y Eva cedieron a la tentación, desconfiaron de su Creador y, tras el pecado original, se rompió ese equilibrio y se introdujo el mal en el mundo. Desde entonces, experimentamos una herida interior por la que nos cuesta ver y conocer la verdad y hacer el bien. En ocasiones, nuestras propias pasiones nos hacen difícil hacer lo que realmente queremos y vemos que es bueno para nosotros. Sin embargo, Dios no nos abandonó a nuestras propias fuerzas, sino que nos hizo la promesa de un redentor… 

 

El pueblo judío fue el depositario y custodio de esta promesa. Los profetas anunciaban la venida de un Mesías (Cristo, en griego). Jesús de Nazaret es el Mesías esperado. La existencia histórica de Jesús no se puede poner en duda: No solo las fuentes cristianas (como los Evangelios) atestiguan la existencia y crucifixión de Jesús, sino que también existen referencias en fuentes no cristianas, tanto judías como paganas. Por ejemplo: Flavio Josefo (años 93-94), Plinio el joven (año 112) y Tácito (años 115-117). Además, los cristianos creemos que Jesús es el Hijo de Dios (la segunda persona de la Santísima Trinidad) porque Él lo dijo y lo demostró con sus milagros y sus profecías. Conocemos su vida porque nos la relatan los Evangelios. Y podemos estar seguros de la historicidad de los Evangelios, que narran hechos reales y verídicos ya que, por los estudios científicos y de expertos, sabemos que fueron escritos antes del año 70. Es decir:

• Escritos por testigos presenciales y para lectores que podrían haber desmentido las invenciones;

• Y, además, los escritores y difusores del Evangelio no sacaron ninguna ventaja; sino que dieron su vida por defender lo que decían. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. Es verdadero Dios y verdadero hombre. Una persona con dos naturalezas (divina y humana). En cuanto Dios existía desde siempre y era espíritu puro. Pero desde hace veintiún siglos, tomó carne humana y existe también como hombre, con todas sus consecuencias: siente al modo humano, porque empieza a tener un CORAZÓN como el nuestro. 

Ya estamos en disposición de saber a qué nos referimos cuando hablamos del Corazón de Jesús: es el conjunto de afectos, sentimientos, tendencias, pasiones que conforman el modo de ser propio del Hijo de Dios hecho hombre. En ese Corazón encontraremos “traducido” al modo humano todo lo que Dios nos quería decir. Allí nos descubre su intimidad, para poder entablar una relación de amistad con cada uno de nosotros. En ese Corazón podemos contemplar el proyecto de Dios sobre el ser humano, a lo que tú estás llamado. En Él se han sanado esas heridas que el pecado original causó en nuestra naturaleza: es el modelo del hombre ideal, verdaderamente libre, con su mundo interior (de pasiones, entendimiento y voluntad) totalmente integrado, en completo orden y armonía.

¿Cómo es ese CORAZÓN? El mejor medio para conocerlo es a través de los Evangelios. En su predicación se retrata a sí mismo. Por eso, tanto en los pasajes en los que expone su doctrina como en los que se describe su actividad, descubrimos su Corazón. Podríamos destacar tres aspectos sobresalientes que definen los sentimientos del Corazón de Cristo, sus afectos dominantes, sus grandes pasiones:

Amor al Padre: Jesús dice: “Mi alimento es cumplir la voluntad de mi Padre” (Jn 4, 34). Y nunca actúa por propia iniciativa (Jn 6, 38; 8, 28-29; 12, 49-50). Continuamente se aparta a lugares solitarios para orar. Esa relación filial es la que nos quiere transmitir: Dios es nuestro Padre, como lo es Suyo. Nos dice que cuando recemos y nos dirijamos a Dios, lo hagamos con esas palabras “Padre nuestro”. Y no cesa de animarnos a vivir con la confianza de un niño pequeño que se arroja en brazos de su padre.

Amor al hombre: Cuando Jesús nos muestra su Corazón, nos está mostrando su amor por cada uno de nosotros. Y un amor apasionado, dispuesto a derramar hasta la última gota de su sangre por nuestra salvación. Si hay algo que lo define es su MISERICORDIA. Sin embargo, aunque era sumamente sensible a todas las necesidades materiales de sus prójimos, sobre todo le duele la miseria espiritual, la enfermedad del alma. “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6, 27). Jesús no rechaza al pecador, pero no aprueba su pecado: precisamente porque nos ama de verdad y quiere nuestra salvación eterna (Jn 8, 1s; Lc 19, 1ss…).

Olvido de sí: La consecuencia práctica de su doble amor (al Padre y a los hombres) le llevaba a una despreocupación absoluta de sí mismo: No ha venido a hacer su voluntad porque solo busca cumplir la voluntad del Padre que es nuestra salvación. Y toda su actividad y predicación tienen como objeto el bien de los demás, sin sacar nunca ningún beneficio de ellas. Aunque encontramos los retazos de ese Corazón dispersos en todo el Evangelio, hay una página en la que esto ocurre de una forma más patente y completa. Es el llamado “Sermón de la montaña” (Mt 5-7). Empieza con las BIENAVENTURANZAS, que son la descripción de su propio Corazón. 

No es el corazón de un gran hombre que vivió en el pasado… Sabemos que murió crucificado y fue sepultado. Pero creemos en su Resurrección: su alma volvió a unirse a su cuerpo, y ahora está vivo en el Cielo y en la Eucaristía. Instituyó el Sacramento de la Eucaristía, donde perpetúa su presencia sustancial entre nosotros bajo las especies de pan y vino. Jesús, con su mismo Corazón, está realmente presenten en la Eucaristía. Es el mismo Jesús del que nos hablan los Evangelios, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es decir: Puedo tener una relación personal con Él ahora. No puede haber amistad si no hay comunicación. Y cuanto más verdadera y profunda sea una amistad, al amigo le revelamos cosas más íntimas… En la última cena dijo: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Él espera tener esa relación personal con cada uno de nosotros, en intimidad de corazones. Nosotros podemos desahogar en Él el nuestro, compartir nuestras alegrías y descargar en su Corazón nuestros sufrimientos.

Otro pilar fundamental en una amistad es la CONFIANZA. Vivir la devoción al Corazón de Jesús es, entre otras cosas, la confianza de vivir colgados de Alguien que sabemos nos ama con un amor infinito, hasta dar la vida. Saber que puedo contar con Él hoy, y poder repetir en todos los instantes de mi vida: Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío. 

A medida que vamos creciendo en intimidad con Cristo, más deseos sentiremos de ser como Él. Jesús mismo nos exhorta: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de Corazón y encontrareis vuestro descanso” (Mt 11,29). En el Corazón de Jesús contemplo el ideal de un corazón sano y ordenado, pero ¿y mi corazón? ¿no sigue dañado? ¿De qué manera el divino Corazón se convierte en fuente de mi salud? Una persona que padece una cardiopatía, no podrá sanar a fuerza de observar un corazón sano. ¡Necesitábamos un trasplante de corazón!

Dios nos lo llevaba prometiendo desde el Antiguo Testamento: “Les daré un solo corazón y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos. Y arrancaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11,19). No serán muchos corazones (uno para cada uno de nosotros) sino un solo Corazón, el mismo para todos: Porque tu corazón y el mío ha de ser el Corazón de Jesús Esto empieza a ser una realidad desde nuestro Bautismo, en el que somos CONSAGRADOS. Consagrar significa “hacer sagrado”, dedicar algo a un uso sagrado. Todo ser humano al nacer está separado de Dios por el pecado original. Cuando nos bautizan empezamos a pertenecer a Cristo. San Pablo nos lo explicó con este ejemplo: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Jesús es la Cabeza y nosotros sus miembros. Cuando nos bautizan, Jesucristo nos une a Él igual que los miembros de nuestro cuerpo están unidos a nosotros. Jesús te da su vida (que es la Gracia) igual que tú das vida a todos tus miembros. Desde tu CORAZÓN bombeas sangre que llega a tus miembros y los vivificas. Desde el CORAZÓN DE CRISTO llega a tu alma la vida sobrenatural, “sangre” que te diviniza. Por el Bautismo le pertenecemos y Él nos pertenece. Jesús cuenta contigo para seguir actuando y derramando su amor en la tierra del mismo modo que tú cuentas con tus manos para coger los objetos que deseas, con tus pies para ir allí donde quieres, con tus brazos para abra- zar a quien amas, con tus labios para expresar lo que sientes…

• No es hacer nada extraordinario, ni añadir nada nuevo, sino empezar a tomar más en serio y vivir con más intensidad la consagración que ya se realizó el día de nuestro Bautismo.

• Es sumergirse en ese Corazón y dejarse modelar por el Amor divino. Que la infinita misericordia que brota del Sagrado Corazón se derrame sobre nosotros sin oponerle resistencia: que Él sane todas nuestras heridas, dejar que Él nos comunique su propia santidad.

• Es “entronizar” a Cristo en nuestro corazón, proclamarlo nuestro Rey. Dejar que Él gobierne y guíe nuestra vida; y que su Corazón (sus sentimientos) sea el nuestro. Para ello:

• Caer en la cuenta de cuáles son nuestras reacciones y sentimientos, preguntándonos al mismo tiempo: “¿pensaría esto el Corazón de Jesús, querría esto, sentiría esto, se entretendría con eso? ¿cómo quiere que actúe en esta circunstancia, que realice esta tarea? ¿qué diría, cómo respondería?…” Mejor aún: “¿Qué quiere hacer Él, aquí y ahora, a través de mí?”.

• Es bueno escoger una fecha en la que, tras una preparación interior, recitemos una fórmula de consagración, para que nos sirva de recuerdo y estímulo a vivirla con un renovado fervor.

• Saber que no podemos transformar nuestro corazón con nuestras propias fuerzas. Es Jesús el que lo puede realizar. Por eso debemos pedírselo, unirnos cada día más a Él con la oración y recibiendo con frecuencia los sacramentos. No desanimándonos nunca ante nuestras constantes caídas, sino confiar siempre en su infinita misericordia. “Sentid en vosotros lo que os corresponde como a miembros de Cristo Jesús” (Flp 2,5) “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive  en mí”.

 

Si el Corazón de Jesús reinase en cada uno de los corazones, esto se manifestaría en cada una de nuestras decisiones y actuaciones. Dado que vivimos en sociedad y nuestra vida está conectada con la de los demás, ese reinado también debe manifestarse en nuestras relaciones sociales, en las leyes que rigen una provincia, una nación. No puedes profesar unas normas morales en la intimidad y otras cuando estás con otras personas. Eso se llama esquizofrenia. Por eso decimos que el Reino del Corazón de Jesús tiene una dimensión social: Él tiene que reinar en la sociedad. Si es cierto que la sociedad la configuran las personas; y, por tanto, la sociedad será como sean esas personas, no es menos cierto que el ambiente y la sociedad influyen en las personas. No las determina, pero las condiciona. De ahí que procurar este reinado social del Corazón de Cristo sea un medio para facilitar su reinado en cada uno de los corazones. Por eso, no solo se consagran al Corazón de Jesús las personas de forma particular, sino que también existe la consagración de las familias, asociaciones, pueblos, e incluso naciones (como cuando en 1919 el Rey Alfonso XIII consagró España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles). Y del mismo modo que no podemos alcanzar la perfección individual por nuestras solas fuerzas, tampoco llegaremos a una sociedad justa con medios meramente humanos, prescindiendo de Dios. Necesitamos reconocer su realeza también como sociedad. 

Se repara algo que está roto y lo volvemos a su estado original. Jesús es el que repara la herida que el pecado causa en el corazón del hombre, por eso Él es el verdadero y único “reparador”. ¿Cómo lo hizo? Esa herida es como una enfermedad más fuerte que nosotros. No tenemos defensas suficientes para superarla. El único más fuerte que el pecado es Dios. Por eso envió a su Hijo único: Él asume nuestra naturaleza humana. Y por tanto, asume también un corazón humano, se une a nosotros, absorbe nuestra “enfermedad”: Sin cometer pecado, quiso sentir en Sí mismo la fuerza de nuestras pasiones.

Lo vemos en Getsemaní, la noche antes de morir, experimentar los sufrimientos morales y psíquicos más intensos, hasta decir: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26,38). Sintió angustia ante los tormentos y la muerte que le esperaban. Y Él, que es la misma santidad, sintió en su Corazón el peso de todos nuestros pecados. Pero a pesar de todo el miedo y repugnancia, aceptó y abrazó el sacrificio exclamando: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Él dijo “sí” por nosotros, reparó nuestras rebeldías y desobediencias; para que, unidos a su Corazón, nosotros también podamos vencer y sanar nuestras heridas. Nos hace miembros de su Cuerpo y todo lo que le ocurre a un miembro le ocurre a la persona a la que pertenece. Por eso la contrapartida es que nosotros podemos herirle. Y por tanto podemos y debemos reparar. La mejor manera de reparar es vivir la CONSAGRACIÓN: siendo miembros dóciles que colaboran al bien de todo el Cuerpo.

• Haciendo lo que esté en nuestra mano (con nuestra oración, nuestro ejemplo, nuestras palabras y nuestras obras) para que cada vez sean más las almas que se acerquen a su Corazón y dejen de ofenderlo.

• Supliendo con nuestro amor la falta de correspondencia y docilidad de los otros miembros.

• Evitando todo pecado y procurando hacer lo que sabemos le agrada. Para esto, como estamos inclinados al mal, en ocasiones tendremos que “mortificar” las raíces que nos pueden llevar a latir a descompás de su Corazón.

• Hasta llegar a identificarnos con Él, con su reparación. Dejando que, a través de toda nuestra vida, especialmente de nuestros sufrimientos, sea Él quien siga reparando. “Así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24) 

En la cruz, después de morir Jesús, un soldado le atravesó el costado y su Corazón físico con una lanza. El Corazón de Jesús siempre se representa con esta herida abierta. Este acontecimiento es más que un símbolo. En esta imagen descubrimos la intimidad abierta de Dios: nos ha abierto su Corazón. Y lo primero que nos revela es su amor por cada uno de nosotros. Además, entrar en la intimidad de una persona no es solo conocer sus secretos, sino también vivir en su compañía, vivir su propia vida. Al dejar su Corazón abierto, nos invita a que, a través de Él, entremos en su vida divina. Ya en esta tierra, como preludio de lo que viviremos en el Cielo.

• Después de ser atravesado por la lanza, “al punto brotó sangre y agua”: siempre se ha visto en esto una imagen de los Sacramentos de la Iglesia. En especial el agua nos recuerda el bautismo, y también la confesión, donde somos purificados y lavados de nuestros pecados. Y la sangre nos recuerda la Eucaristía. Los Sacramentos son los canales a través de los cuales nos llega la vida de la Gracia que nos diviniza: nos une a Cristo y nos hace hijos de Dios al transmitirnos y aumentarnos su propia vida. Son un regalo de su Corazón del cual brotaron como una fuente en el momento en que éste se “rompió”, incluso físicamente, por amor a nosotros. 

La devoción al Corazón de Jesús y la devoción a la Eucaristía no solo están íntimamente relacionadas, sino que podemos decir que en realidad son una misma cosa. San Juan en su Evangelio introduce la Última Cena (donde Jesús instituye este Sacramento) con estas palabras: “Viendo que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…” (Jn 13,1). De entre todos los Sacramentos es en el que se hace más patente el amor de su Corazón. No solo nos da de lo suyo, sino que se nos da Él mismo. Cuando el sacerdote repite las palabras de la Última Cena, el pan y el vino, aunque conservan la misma apariencia, se transforman misteriosa pero realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sin una vida eucarística la devoción al Corazón de Jesús estaría vacía.

• En la Santa Misa unimos la ofrenda de nuestra vida a la de Cristo participando en su sacrificio redentor.

• En la Comunión, Jesucristo se nos da como alimento de nuestras almas. Podría haberse quedado en otro objeto, pero eligió pan, que es alimento corporal, y así unirse a nosotros del modo más íntimo. Al comulgar, su Corazón está real y sustancialmente en nuestro interior. Somos una sola cosa con Él y nos unimos más al res- to de miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia. Es el mejor momento para actualizar nuestra consagración. • En la presencia de las especies eucarísticas reservadas en el Sagrario, o bien delante del Santísimo Sacramento cuan- do está expuesto en la Custodia, nos ponemos delante de la presencia del Señor vivo con su Corazón palpitante. Lo adoramos, lo acompañamos, le ofrecemos nuestro amor y alabanza, también por aquellos que no le conocen o que lo desprecian; tratamos con Él y desahogamos nuestro corazón como con el amigo más íntimo; dejamos que Él también nos hable e interpele. 

La Encarnación del Hijo de Dios se realizó, por obra del Espíritu Santo, en el seno de María y gracias a su consentimiento. Ella es la Madre del Corazón físico de Cristo, ya que el Hijo de Dios hecho hombre tomó su carne de María. Fue gracias a María por lo que Jesús tuvo un cuerpo que sufrió y murió en la cruz por ti, y su costado pudo ser atravesado por una lanza. El Corazón de Jesús, que sigue latiendo ya resucitado, es fruto de la acción del Espíritu Santo en las entrañas de María. Además, junto a José, María fue la encargada de velar por la educación de ese Corazón humano, de modelar sus sentimientos. Dios ahora sigue queriendo usar este mismo medio para “dar a luz” al resto de miembros de su Cuerpo Místico, y quiere que sea Ella la que nos “eduque” el corazón. En el momento antes de expirar en la Cruz, Jesús nos la dio por Madre (Jn 19, 26-27). Por eso podemos decir con propiedad que es María la que nos engendra a la vida de la gracia. También podemos mirarla y encontrar en su Corazón el modelo de perfecta consagración. Si es cierto que Ella educó el Corazón de Jesús, no lo es menos que fue Dios el que formó el Corazón de María según su propio Corazón. Desde el primer instante de su Concepción, su Corazón era una hoguera del Amor Misericordioso de Dios ardiendo con toda su fuerza. Y a eso nos referimos cuando decimos que su Corazón es Inmaculado, que Ella es “la Inmaculada”: porque en Ella nunca tuvo ninguna parte el pecado. Ni siquiera el Pecado Original. 

En la Sagrada Escritura y la Tradición

• En la Sagrada Escritura, incluso en el Antiguo Testamento, y mucho más en el Nuevo, podemos descubrir multitud de pasajes en los que encontramos los fundamentos de esta espiritualidad que toma como centro el Corazón de Jesús.

• Y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde los primeros siglos, son numerosas las referencias a este Sagrado Corazón: en los escritos de los Santos Padres, y en multitud de santos y santas que le profesaron especial devoción. Por poner solo algunos ejemplos: san Agustín, san Bernardo, santa Gertrudis, santa Matilde, san Juan Eudes, etc.  Revelaciones privadas y consolidación de la devoción En el año 1673 el Señor se apareció a santa Margarita María de Alacoque, una joven monja salesa, a la que encomendó que pro- pagase la devoción a su Sagrado Corazón. Fue a partir de estas revelaciones privadas cuando se extendió de forma más general a toda la Iglesia. En el año 1733 Jesús se le reveló al beato P. Bernardo de Hoyos, joven jesuita español, recibiendo el encargo de difundir la devoción a su Sagrado Corazón en España, donde todavía no era conocida. Y le promete: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”. En 1844 un grupo de estudiantes jesuitas franceses fundaron el Apostolado de la Oración, asociación de fieles cuyo centro es la devoción al Corazón de Jesús, que rápidamente se extendió a toda la Iglesia alcanzando un gran número de socios que se alimentan de esta espiritualidad.  Los Papas y el Magisterio de la Iglesia

El primer reconocimiento oficial del culto al Sagrado Corazón fue concedido en el año 1765 a petición de los Obispos polacos. Y en el 1856 el Papa Pio IX hizo extensiva la fiesta a toda la Iglesia Universal. Se celebra el viernes después de la octava de la fiesta del Corpus Christi, tal como se lo pidió el Señor a santa Margarita María.

• El Papa León XIII, en 1899 publicó la Encíclica Annum Sacrum y consagró el mundo al Sagrado Corazón de Jesús.

• Benedicto XV, en 1920, canonizó a santa Margarita María, y confirmó la veracidad de las apariciones y la solidez de la devoción al Sagrado Corazón.

• Pío XI publicó la encíclica Quas Primas, sobre la fiesta de Cristo Rey; y Pío XII Haurietis Aquas, dedicada al Corazón de Jesús.

Desde entonces, todos los Papas han aludido de manera constante y han promovido esta devoción y todos los aspectos que en ella se engloban, reconociéndola como el fundamento y el compendio de nuestra fe. Algunos ejemplos de encíclicas y cartas apostólicas: Investigabilis divitas, Diserti interpretes, de S. Pablo VI; Dives in Misericordia, Redemptor hominis, de S. Juan Pablo II; o Deus caritas est, de Benedicto XVI. Y recientemente, la encíclica Dilexit nos del Papa Francisco. El Catecismo de la Iglesia Católica en su número 478, entre otros, también nombra de forma explícita al Corazón de Jesús. 

La Comunión Reparadora en las apariciones a santa Margarita María de Alacoque, el Señor le mostraba su Corazón tal como lo representamos en la actualidad. Le pidió, entre otras cosas, que hiciese una imagen de su Corazón, para que el verla nos sirva de recuerdo del amor que Él nos tiene y de que sus sentimientos deben presidir y reinar en todos los aspectos de nuestra vida. Y le decía: “Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe más que desprecios e ingratitudes”. Es la queja de un Corazón que se entregó a la muerte por nosotros y que es sensible a los desprecios e indiferencias con que respondemos a su amor. A santa Margarita María suplicaba “¡Al menos tú ámame!”.

Le solicitó el ejercicio de la Hora Santa, consistente en pasar una hora de oración, del jue- ves al viernes, acompañando espiritualmente a Jesús en su agonía de Getsemaní. También le pidió que se dedicasen especialmente los primeros viernes de cada mes a consolarlo y reparar el dolor que nosotros mismos y otros le causamos con nuestros pecados. El mismo Corazón de Jesús indicó la manera de hacerlo: confesando (ese día o unos días antes) y haciendo una comunión reparadora. Es decir, ofreciendo la comunión de ese día (primer viernes de mes) para consolar al Corazón de Jesús por los que le hacen sufrir.

Entre otras promesas que el Sagrado Corazón hizo a santa Margarita María, le hizo esta: “Yo te prometo, en el exceso de misericordia de mi Corazón, que mi Amor Todopoderoso concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes consecutivos, la gracia de la penitencia final. Ellos no morirán en mi desgracia ni sin haber recibido los Santos Sacramentos. ¡Mi Divino Corazón será su refugio en esos últimos momentos!”. 

Vida de Ofrenda

En diciembre de 1844, un grupo de estudiantes jesuitas franceses ardían en deseos de ir a las Misiones, a predicar, a acercar a la gente al Señor, a salvar las almas… El P. Gautrelet les dio una charla explicándoles que esos años no eran tiempo perdido, que no hacía falta esperar a terminar los estudios; sino que, en aquel momento y circunstancia, cumpliendo bien su deber de estudiar y lo que les tocase hacer en cada instante, si se lo ofrecían al Señor, Él lo recogía, y ya estaban ayudando a las almas de todo el mundo. Y así fundaron el “Apostolado de la Oración”. El P. Ramière, gran conocedor de la devoción al Corazón de Jesús, le dio la forma y el impulso definitivos. A lo largo de su historia, en los lugares donde se ha establecido, se ha preocupado de difundir: el culto al Corazón de Jesús, la reparación, especialmente con la práctica de los Primeros Viernes de mes; y, sobre todo, de propagar el Ofrecimiento de Obras. Vamos a explicar este último aspecto, que es el que define el espíritu de esta asociación. Jesús se pasó 30 años llevando una vida normal, escondido en un taller de carpintero de un pequeño pueblo desconocido… pero ofreciéndolo todo a su Padre. Y así nos estaba salvando. Su vida toda fue una pura ofrenda; que encontró su culminación el Viernes Santo en el Calvario. Fue entonces cuando ofreció lo que le quedaba, hasta la última gota de su sangre. En cada Misa se hace presente, para nosotros, el mismo sacrificio del Calvario. Y en el altar unimos la ofrenda de nuestra vida a la de Cristo. Vivir esta vida de ofrenda consiste en ofrecer al Señor TODO lo que hacemos, cada segundo de nuestra vida (lo bueno y lo malo; las penas y las alegrías; la oración, el trabajo y el descanso), por la redención del mundo y por las necesidades de la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo. Si estamos en Gracia de Dios, estamos unidos a Jesucristo, y todo lo que hacemos es como si lo hiciese Él mismo. No hace falta que hagamos cosas extraordinarias, sino lo que de todos modos tendríamos que hacer; y que al vivirlo en el Corazón de Jesús (ofreciéndoselo y procuran- do que nos muevan sus mismos sentimientos), se convierte en algo más valioso que el oro. ¿Por qué no arrojarlo todo en su Corazón? Es tan sencillo como decir todas las mañanas al levantarse: “¡Señor, hoy todo por Ti!”. Pero también podemos rezar una fórmula más elaborada que, meditada y recitada conscientemente, nos puede ayudar a vivir mejor esta vida de ofrenda unidos al Corazón de Jesús. (La puedes encontrar al final de este folleto). Si nos acordamos de ir renovando esa ofrenda a lo largo del día, o cada vez que emprendemos una nueva actividad, mucho mejor. La vida no se tira, la vida se ofrece. Porque tu vida no es basura, tu vida es preciosa a los ojos de Dios. Los Papas encargaban al Apostolado de la Oración algunas intenciones especiales para que las encomendasen. En el año 2018, el Papa Francisco modificó los estatutos de esta asociación y le cambió el nombre. Ahora se llama: RED MUNDIAL DE ORACIÓN.

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo. Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María, me consagro a tu Corazón, y me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del Altar, con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino. Te pido en especial: por el Papa y sus intenciones; por nuestro Obispo y sus intenciones; por nuestro párroco y sus intenciones.

«Trabajen porque sea conocido y honrado el Sagrado Corazón, que es la fuente de gracias que salvará al mundo». (Beato Tiburcio Arnaiz S.J.)

 

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