Beatificación del Padre Arnaiz S.J.

Toda la información sobre el proceso de la beatificación del Padre Tiburcio Arnaiz S.J.

Espiritualidad

EL CORAZÓN DE JESÚS Y EL P. ARNAIZ

La devoción al Corazón de Jesús era el centro de su vida espiritual. La fuerza expansiva del amor de Cristo era su motor. “El que vive vida de mucha unión con Dios participa de los afectos de su Corazón”, decía… y lo vivía. Recordaban, quienes lo trataron, que hasta su manera de pronunciar el nombre de Jesús hacía bien al alma, y que no había más que observarlo cuando celebraba Misa: entonces parecía que se transformaba y veía a Jesús en la Eucaristía.
La penitencia y mortificación de su persona era proverbial, tenía verdaderas ansias de reparación, amaba con locura al Señor. Con un fervor que contagiaba, entronizó en cientos de casas al Corazón de Jesús, para que fuese el centro, y la vida misma, de cada familia.
Fue nombrado director del Apostolado de la Oración de Málaga y, además de aumentar el número de los socios, pues pasaron de varios centenares a miles, infundió en ellos un espíritu verdaderamente cristiano que cuajó en obras de amor a Dios y al prójimo.
En 1915 se decidió, con la colaboración de los miembros del Apostolado, a posesionar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que hacía catorce años que no salía por miedo al ambiente anticristiano en que se vivía. Tuvo que vencer la oposición de los que les parecía una imprudencia salir a la calle. Pero, el Padre, con esa seguridad en las cosas de Dios que sólo tienen los santos, siguió adelante con su propósito. Sacó la procesión con una concurrencia numerosísima y gran fruto espiritual, y se hicieron eco del acontecimiento todos los periódicos de Málaga. Nadie esperaba un éxito semejante y desde entonces no se ha dejado de celebrar este acto en honor al Divino Corazón.

“Vivamos sólo para Dios y como si solos con Él estuviéramos en el mundo”

UN PACTO DE CONFIANZA

El P. Arnaiz hizo un pacto con el Señor, parece que antes de los últimos votos, y que más tarde reveló a sus íntimos, de que si le concedía diez años de vida los emplearía en “matarse” por su Gloria, sin descanso, y aseguraba, sin darle la más mínima importancia al cuidado de su salud: “Es Dios el que quiere cuidar de mi cuerpo con tal que yo viva confiado en Él”.
“Vivamos -decía a sus compañeros-, vivamos sólo para Dios y como si solos con Él estuviéramos en el mundo; esto es más fácil de lo que muchos creen pues, comparadas con Él, todas las cosas son despreciables y sólo por Él les damos lugar o dedicamos tiempo, mas a Él sólo y siempre debemos atender, empezando por el olvido de nosotros mismos”.
Su vida era Cristo; y el deseo de identificarse con Él, lo llevó hasta el extremo de escribir los siguientes propósitos, concebidos en los Ejercicios que había hecho antes de sus últimos votos:

“Deseo ardiente de adversidades o injurias y afrentas.
Querer que no sepan mis servicios o méritos.
Desear que no aprueben mi parecer.
Callar, no disculparme ni declarar a nadie mi inocencia ni mis penas.
No querer ni menos pretender que me amen, sino que me aborrezcan.
Dejarlo todo, si lo ordena la obediencia sin cuidarme de que se seguirá deshonra.
No mostrar sentimiento ni dolor.
No buscar comodidad de criatura alguna.
No decir nada bueno de mí, antes querer que se ignore lo que haga.”

OLVIDADO DE SÍ

A su hermana Gregoria, ya religiosa, le aconsejaba en una carta: “¡Qué vida más feliz es ésta cuando se vive en Jesús y para Jesús! No me cansaría de ponderar a las almas, máxime a las religiosas, de los bienes que pierden cuando piensan, quieren, recuerdan, hallan o buscan otra cosa que a Dios. Sé tú de éstas, hermana mía, que tienen su vivir en el cielo, en Jesús. Te olvidarás de ti…”.
Así vivía el P. Arnaiz, tal como había pactado con el Corazón de Jesús, olvidado por completo de sí y dejando todo su cuidado en Él: la comida era siempre parca y desechaba cuanto se le presentara, una vez que consideraba que había tomado lo suficiente. El vestido, muy usado, el mismo en verano que en invierno.
Una vez un penitente suyo, que era sastre, le propuso que le diese la sotana, que se la dejaría como nueva; el Padre, que adivinó la intención del buen hombre y que lo que pretendía era cambiársela por otra, le preguntó: -“¿Y ese trabajo cuánto podría costar?” -“Pues X pesetas” -“Démelas para mis pobres que, con la sotana tal como está, voy muy bien”.
Para hacer sus viajes o determinar trabajos nunca se arredraba, ya lloviese, ya hiciese calor o frío, parecía impasible, decía: “Yo no me entero”. Un día María Isabel, su más fiel colaboradora, le protestaba: “Pero Padre, puede uno callarse y no decir nunca si siente frío o calor pero, no notarlo, me parece imposible”, y él replicó: “Pero ¡qué boba es!; claro que es posible, ¡y tan posible! Vaya usted a uno que se le está muriendo un ser querido, o que le viene la ruina o la deshonra, con que hace mucho frío o cosa así, y verá cómo la mira. Él no lo ha notado ni piensa en eso, esta embargado por otra idea, y esa le llena y le absorbe. Si se llenase usted de Dios y del deseo de que se salvasen las almas, y esa fuese su preocupación y anhelo, no sentiría esas cosas ni pensaría en esas tonterías”.

“Ten tu vivir en el cielo, en Jesús. Te olvidarás de ti…”

“ES NEGOCIO DE DIOS EL NUESTRO”

El negocio de salvar las almas y ganar el cielo no lo dejaba vivir. “Es una pena que, teniendo una eternidad para descansar, queramos aquí descanso”, repetía con sentimiento.
No perdía oportunidad. En una ocasión hubo de embarcar con el santo Obispo de Málaga, D. Manuel González, para Melilla y llegó al puerto media hora antes de la partida; al ver que había de estar esperando, voló al hospital vecino; llegó el Señor Obispo y preguntó ansioso por el Padre; la hora de salir se echaba encima y cuando faltaban unos momentos apareció corriendo:

-“¿Dónde ha ido?” le preguntó el prelado…

-“A aprovechar el tiempo, Señor Obispo”.

S. Manuel lo apreciaba en grado sumo y se valía de él muchas veces para preparar la visita pastoral, sobre todo en los sitios más alejados de la diócesis, o especialmente dificultosos por las condiciones sociopolíticas de aquellos tiempos.
Llevado de su amor al Señor nunca decía basta y todo le parecía poco: “¡Qué fácil es predicar cuando se ama a Cristo! ¿Qué diría ahora Jesús a estas almas?… pues pidamos a Jesús que nos lo diga a nosotros, y repitámoslo, en su Nombre”.
Dio muchas tandas de Ejercicios Espirituales a sacerdotes, religiosas y maestros, a dirigidos suyos de intensa vida espiritual y a sencillas muchachas de condición humilde. Este apostolado de los Ejercicios, se prolongaba después en una intensa correspondencia con los que se acogían a su dirección espiritual. Muchas veces no daba abasto para contestar y aprovechaba hasta los desplazamientos en el tren.