Beatificación del Padre Arnaiz S.J.

Toda la información sobre el proceso de la beatificación del Padre Tiburcio Arnaiz S.J.

Anécdotas

CONFIABA EN LA VIRGEN
A una persona de su confianza le contó el P. Arnaiz un sueño que tuvo cuando tenía 4 o 5 años. Soñó que se caía al infierno y que horrorizado llamaba a su madre y su madre no acudía. Pero que acudió las Stma. Virgen de los Dolores, que lo cogió, cubriéndolo con su manto, y le dijo: “No caes al infierno ni caerás nunca”.

SANTO MACARRO
Una parienta de la madre del P. Arnaiz, ya muy mayor, dijo de él, después de su muerte, que desde pequeño decía con frecuencia: yo tengo que morir santo. Y que le daban mucho la lata con eso. Le solían decir: ¡tú santo, macarro!. (Santo macarro es un juego en que van manchando la cara a uno los demás, con la condición de quedar en lugar de éste el que se ría).

TRAVIESO
Cuando el P. Arnaiz era seminarista en Valladolid, todavía no había luz eléctrica. Durante las comidas, y desde un pulpito para que pudiera ser oída por todos, se tenía una lectura apropiada, que sirviera de formación y de descanso al mismo tiempo. Un día, víspera de los Inocentes, se le ocurrió al joven Arnaiz colocar un cohete dentro de la vela que facilitaba la lectura durante la cena. Se deja entender el regocijo de los jóvenes comensales, al ver el chorro de luminosas chispas que, con el correspondiente ruido, salían de la vela al encenderla el lector de semana. El profesor que presidía la mesa fue, indignado, en busca del Rector, pero éste, considerando el día de que se trataba, no dio mayor importancia.

DORMILÓN
Siendo el P. Arnaiz seminarista, fue sacristán de las Dominicas del Convento de S. Felipe de la Penitencia , para ganar algo con que ayudar en su casa. Dice una religiosa que cuando la Priora le reprendía, porque era dormilón y llegaba tarde algunas mañanas, él siempre lo recibía con humildad, tanto que la Priora se edificaba. También el capellán le echaba sus reprimendas por lo mismo. Pero lo que el pobre tuvo que soportar de las demandaderas fue más duro. Estas le tenían envidia porque era muy querido del Capellán y de la Comunidad por su bondad. Y como, por eso de llegar tarde, tenía que bajar una de ellas para abrir y tocar la campana, no pasaba día en que no tuviese que oír de ellas palabras bien duras. Pero no por eso, dice la religiosa, oí que se quejase de ellas.

ENFERMERO EJEMPLAR
Don Benito Clemente, nuestro capellán, tenía un hermano religioso muy enfermo; los Superiores pensaron enviarlo con su hermano para ver si mejoraba; vino el pobrecito tan mal que necesitaba mucho cuidado. Nuestro buen Tiburcio se constituyó su enfermero, y lo hizo con tanta gracia y esmero que el mismo enfermo, lleno de gratitud, le dijo: “Si fueses mujer, no me admiraría tanto, porque suelen éstas tener corazón maternal; pero que esto lo hagas tú, hombre y joven… ¡No he visto caridad semejante!. ¡Dios te pagará lo que haces conmigo!.”

EL JUEGO DEL TRESILLO
Un amigo de los años juveniles , posteriormente jesuita, Francisco García dice: “Tiburcio a quien le gustaba el tresillo, lo mismo que a mí, era quien me invitaba a jugar. En este juego del tresillo como en otros, acontece a veces que se suscitan disputillas acerca de las jugadas que se van haciendo; y entonces se suele ver bien el carácter más o menos fuerte de cada cual, y quién es el que sabe o no dominarlo para mantenerse como se debe dentro de los debidos límites. No recuerdo que Tiburcio, aunque no era de carácter apagado ni melindroso, saliese nunca de sí; antes bien, siempre me edificó lo bien que sabía dominar el genio en esas ocasiones, en que si no está uno sobre sí, suele encabritarse”.

BRUJO O SANTO
El juego de tresillo le seguía gustando al P. Arnaiz, siendo ya Párroco de Villanueva de Duero, y se valió de ello para atraerse a los dos bandos en que, políticamente, estaba dividido el pueblo.
A veces, también se reunía con los compañeros sacerdotes, para echar una partida. Cuenta D. Antonio Membibre, por aquel entonces párroco de Serrada que, como el P. Arnaiz tenía mucho arte para el juego y mucha suerte, D. Pedro Carbajo, Arcipreste de Matapozuelos, en cuya casa se reunían, decía que era un brujo, porque adivinaba las cartas.
Y D. Nicolás Fernández , otro sacerdote de los aficionados que solían molestar al Padre con expresiones como ésa, cuenta que en cierta ocasión les dijo: “¿Qué decís tanto? ¡Si yo he de ser santo y alguno de vosotros lo ha de ver!

ZULEMA
El P. Arnaiz siendo párroco en Poyales del Hoyo, muchos días, al terminar la catequesis y como premio para que los chiquillos asistieran con gusto, les dejaba entrar en sus huerta a hacer bailar a una perra que tenía, llamada la “Zulema” que sabía hacer una porción de gracias.

LOS GARBANZOS
Parece que por naturaleza era algo aprensivo y melindroso, de modo que su grandísima mortificación sería a fuerza de vencerse. Pensamos así porque decía que, antes de ser jesuita, siempre tenía temor de volverse tuberculoso, y que también había muchas cosas que nunca comía, porque se imaginaba que le sentaban mal; una de éstas eran los garbanzos. Riéndose nos contaba que en los primeros días de su noviciado le pusieron una vez un gran plato de garbanzos, y él pensó: “Veremos cómo me sienta esto” y que no le pasó nada.

MI CASA Y MI HUERTA
Un día le contaban al P. Arnaiz tribulaciones y disgustos y él replico sonriendo. “A usted le pasa lo que a mí en el noviciado: veía la casa tan hermosa y la posesión tan grande y alegre; mi casa y mi huerto eran ruines y pobres, pero eran míos”. Se refería a la casa y la huerta que tenía en Poyales del Hoyo, que propiamente no eran suyas, pues eran de la parroquia que él, como párroco, disfrutaba.
Con todo a quienes aprovechaba la fruta del huerto era a los chiquillos del pueblo, pues como premio de la asistencia a la catequesis, en verano y otoño, les daba autorización para entrar y cogerla. El huerto era del párroco, pero la fruta se la comían ellos.

BILLETE DE PRIMERA
En cierta ocasión en que el P. Arnaiz salía para dar una misión, le acompañó un caballero hasta la estación y, como era lo correcto, le sacó el billete del tren y, a pesar de las protestas del Padre, se lo sacó de primera clase. Pero éste que era muy vivo y rápido en su manera de andar, aunque sin perder la modestia y compostura religiosa, se fue directamente a los coches de la clase inferior, y viendo en uno de ellos a un fraile, se volvió hacia su cortés acompañante y le dijo. “Ve usted, cada cual ha de buscar a sus amigos y aquí van los míos”. Y, con su billete de primera, hizo el viaje en tercera, siguiendo su costumbre de escoger siempre lo más mortificante y humilde.

LAS GALLINAS
La fama de santidad del P. Arnaiz era reconocida por todos. En marzo de 1923 fue a San Roque para dar una misión. El párroco, que tenía gallinas en el corral. Le hospedó en su casa. La primera noche le pusieron para cenar dos huevos, y él, con su habitual espíritu de penitencia, sólo tomó uno. Desde entonces, una de las gallinas puso todos los días un huevo con dos yemas, y , cuando se marcó el Padre, se murió la gallina. Sabido el hecho, fue muy comentado en toda aquella zona del campo de Gibraltar.

HUMOR DEL PADRE
Estando el P. Arnaiz en el confesionario, se acercó una niña para confesarse. Él le preguntó para hacer fácil y agradable la confesión cómo se llamaba, y ella le contestó: Conchita de Torres Morillas. A lo que le añadió, probablemente para que tomase más conciencia del sacramento: ¿Y siendo “morilla”, cómo te confiesas? La pequeña penitente respondió muy bien que , aunque era morillas, era cristiana, y hoy, pasados los años, lo cuenta complacida.

EL ARRIERO
Muchas veces cuando venía en mulo a los pueblos o se iba, nunca se quejaba de cómo estuviese el aparejo o los estribos, y algunas veces se lo ponían largos que no llegaba a ellos y otras tan cortos que tenía que ir encogido y, así hacía viajes de varias horas y por caminos malísimos. Uno de los arrieros decía: “Hay que ver el cuidado que hay que tener con el Padre; como él no se queja de náa, hay que ir con siete ojos para que no vaya demasiado mal”

UN ALMA LLENA DE AMARGURA
Le hablaron al P. Arnaiz de una pobre mujer que tenía un cáncer en la cara y lo peor era que también tenía cáncer de alma, pues, medio descreída, blasfemaba de Dios y le injuriaba. Nadie le podía hablar. El Padre fue a verla y, con su bondad, consiguió que se dejara ayudar. A los pocos días ya no blasfemaba y tenía resignación, preguntando a qué hora venía el Padre. Llegó incluso a dar gracias a Dios por sus dolores, pues el Padre le había dicho que con ellos ganaba el cielo. Tuvo entonces la dicha de conocer a Dios. El la preparó para la confesión que, hasta entonces, nunca había hecho. Ese día, a pesar de su aspecto repugnante, la abrazó diciéndole: “Alégrese, hermana, que hemos arrancado un alma del infierno”. A los pocos días moría, habiendo recibido la Sagrada Comunión con alegría.

EN EL VALLE DE ABDALAJÍS
El P. Arnaiz predicó una misión en el Valle de Abdalajís. Al llegar a la estación de Álora en que había de dejar el tren, encontró que los señores que habían de ir a la mañana siguiente a reunírsele en el pueblo, le tenían preparado un coche que lo llevase y que otra señora, temiendo que se hubiesen descuidado los caballeros en mandar el coche le envió un hombre con un borriquillo. Aunque llovía a mares y ya había anochecido y la distancia hasta Abdalajís es de varios kilómetros, rehusó el coche y, montado en el borriquillo, llegó al pueblo. La señora del pueblo que lo hospedó decía que el Padre era un santo, que debiendo haber llegado calado, no parecía haberse mojado, y desde luego la montura del borriquillo había quedado completamente seca, de lo que ella y los suyos se habían asegurado muy bien.

DURMIENDO SOBRE RATAS
Contaba el P. Arnaiz con su gracia natural un caso que le había ocurrido en una misión que dio con otro padre, como compañero. Se hospedaron en casa de un pobre y honrado matrimonio, y por no tener otra comodidad les acomodaron a los dos en un mismo aposento y no les pusieron más que una cama. El P. Arnaiz, como se deja entender, se la cedió a su compañero y se apañó él como pudo para dormir sobre un arca cerrada que había allí. pero he aquí que apenas dormirse comienza el compañero a llamarle la atención que de dentro del arca se sentían las ratas que roían la madera y no le dejaban dormir. El P. Arnaiz se levantó y ahuyentó las ratas y ya pudieron dormirse, aunque , de vez en cuando, el compañero más fácil de despertarse , llamase la tención del Padre, que tomaba aquello como broma y cosa de risa.

LOS TOROS
Contó el P. Arnaiz siendo ya jesuita a un matrimonio amigo que: “Hubo una vez, siendo él ya mayor, una gran corrida de toros, a la que quiso asistir. Pero acudió tarde a sacar al entrada, y sólo encontró ya de sol. La tomó y entró a su sitio. Al poco rato, sintiendo la molestia que le causaba estar en el sol, dijo a los que estaban a su lado: “Chicos, si ustedes quieren quédense.. Yo sufriría esto si fuera por Dios, que me lo pagaría, pero así no lo aguanto”. Y se marchó.

CON LOS SORDOS
María Isabel González del Valle, la principal colaboradora del P. Arnaiz, cuenta lo siguiente: Como tenía tanta caridad y paciencia, confesaba a muchas sordas, y recuerdo que como yo no reparaba en que era que a nadie le gustaba confesar sordos, creía que era casualidad y le decía en broma, algunas veces: “Padre usted no me tiene por hija del todo, porque me falta ser sorda, que son las preferidas de usted”, porque veía que para ellas, cuando lo esperaban en la sacristía después de la Misa, tenía el Padre una acogida y sonrisa tan cariñosa que, algunas veces, las envidiaba.

ESTE SERÁ TU ACUSADOR
Una señora le presentó al Padre un rosario para que se lo bendijese. Él lo tomó entre sus manos y, después de bendecirlo, le dijo: “Este será tu acusador”. Ella quedó muy sorprendida.
Dicha señora era muy celosa y una noche salió tras su marido sin que éste se diera cuenta. Entró él en la casa de unas primas suyas de visita, y ella se quedó en el portal escuchando tras el portón, hasta que se cansó y se convenció de la inocencia de tal visita y, sin que nadie la viese, volvió a su casa.
Al día siguiente el marido se sacó del bolsillo el rosario bendito por el Padre y le preguntó a ella: -¿Es tuyo este rosario? – Sí, ¿dónde te lo has encontrado? -Me lo han dado mis primas, que lo han encontrado esta mañana en el portal de su casa. ¿Es que estuviste anoche escuchando detrás de la puerta?
La señora comprendió por qué el Padre le había dicho aquello.