TESTIMONIO: Hermano Antonio Jiménez Blazquez S.J.

TESTIMONIO: Hermano Antonio Jiménez Blazquez S.J.

El Hermano Antonio Jiménez Blázquez S.J. nació en Macotera (Salamanca) el 14 de abril de 1885. Hijo de Melchor y Teresa.  Era hermano de D. Remigio Jiménez, uno de los misioneros eucarísticos que ayudaron al santo obispo, D. Manuel González, a misionar la diócesis de Málaga.

El Hermano Antonio fue un religioso ejemplar y muy buen sacristán. Profesaba mucho cariño al P. Arnaiz, al que tuvo la gracia de poder asistir como enfermero durante su última enfermedad.

El 19 de julio de 1936, desatada la persecución religiosa en Málaga, fue acogido en casa del sacerdote D. Faustino Tejero Luelmo. Allí se encontraron él, dos sacerdotes más y el Hermano José Gabarrón S.J. Fueron delatados por una mujer y detenidos por una patrulla de milicianos. Los condujeron al barco-prisión, y  de allí fue sacado el 13 de octubre, y martirizado junto con el Hermano José Gabarrón. Según relato de un sacerdote superviviente de dicho barco, al Hermano Jiménez le hacían trabajar más allá de sus fuerzas, pero cuando, estando muy enfermo, lo llevaban para fusilarlo, subió la escalerilla del bodegón sin desfallecimiento alguno.

El Hermano Jiménez nos dejó un precioso testimonio de los últimos días de vida del P. Arnaiz, del 10 al 18 de julio de 1926, durante los cuales le asistió como enfermero.

«Le trajeron de Algodonales el sábado 10 sobre las 4 y 1/2 de la tarde, y cuando llegó se sentó en el patio y se le echó una inyección, y me dijo: «¡Ya me entrego!». Después subió conmigo y se fue a la Capilla, estuvo allí arrodillado como dos minutos y sin apoyarse a ninguna parte (tenía 40 grados), y volvió a subir a su cuarto con más dificultad. Llegó, rompió algunas cartas y se acostó; esa misma noche pidió el Santo Viático y le fue dado, pidiendo perdón a todos. También pidió la Santa Unción, pero lo dejaron para otro día. Aquella noche estuvo muy mal. Por la mañana me dijo con mucha alegría: «Diga a mis devotos que en 24 horas he recibido tres veces al Señor.»

          En la mañana siguiente, que había pasado muy mala noche, me dijo: ¡Cuánto trabajo cuesta morir! En otra ocasión le dije: ¿qué es eso, Padre, que no hacen nada las medicinas?, y me dijo: «No ves que no hay sujeto, está todo destrozado, y quedarse para no servir para nada como un zángano…

«Me he dado prisa en vivir, he trabajado cuanto he podido, ya me recogerá el Señor. Cuántas batallas he tenido que sostener por la gloria de Dios!”

           Otra vez, mirando a una estampa y muy fervorosamente, decía: «¡Qué hermoso es el cielo y qué fea me parece la tierra!” Él siempre dijo que se moría aunque los médicos decían que no, y así a uno que le dijo: «lo que es de ésta, P. Arnaiz, no se va», contestó: «Malas noticias me da usted» Y lo mismo contestó en otra ocasión a otro que le prometió oírle la primera misa que dijera.

     Al llevarle yo reliquias que me daban los devotos, me dijo: «¿Para qué me trae reliquias si yo quiero morirme?»

         La mañana de la Virgen del Carmen me dijo: «Creí que me ponía loco esta noche, pero la Stma. Virgen me ha puesto bueno para que reciba al Señor. Dígaselo a las Esclavas y a las de Ronda (Carmelitas) que me ha puesto bueno la Virgen.”

     Una vez después de comulgar (que siempre se enfervorizaba mucho), creyendo que no le oían, decía: «Gracias os doy, Dios mío, por tantos beneficios como me estáis haciendo. ¿Dónde estaría yo tan asistido en lo espiritual y temporal ni aunque tuviera montes de oro?”   

         Aunque él nunca se quejó, en otra mañana, me dijo: “Estaba muy apurado, y desde que me leyeron la recomendación del alma, he quedado muy contento ¡ Bendito sea el Señor!»

     Viéndole ya peor, el Señor me inspiró le pidiera de que me diera la bendición para mi perseverancia; y después de algunas palabras y recogerse con las manos juntas un rato, me echó tres hermosas bendiciones en nombre de la Stma. Trinidad.

     Una vez le preguntó el Hermano: «Ahora, Padre, ¿Qué le duele?», y respondió: «El haber ofendido a Dios.»  Otra vez le pedí me dijera algo para mí, y me dijo que padeciera mucho por Dios.

         La noche antes del día de su muerte, se le dio la Santa Unción, después de haberla pedido muchas veces, recibiéndola con extraordinario fervor; y cuando ya nos retirábamos, pidió le aplicaran la Indulgencia Plenaria para la hora de la muerte. A la mañana siguiente, y última de su vida, recibió como siempre la Sagrada Comunión.     

Cadáver del P. Arnaiz. Estuvo expuesto a la veneración pública tres días. Fotografía tomada el 18-7-1926

      Unas tres horas antes de morir, llamó por señas al Hermano enfermero, se acercó, le agarró la mano, la apretó un poco, se la acercó y se la besó, y seguido dijo el Tedeum con una energía, con un fervor y voz más bien fuerte, que enternecía el corazón, siendo así que estaba ya con la respiración muy difícil. Le empezaba yo algunas jaculatorias, y él las seguía hasta terminar. Después quería levantarse y estar sentado abajo y a estar un poco inquieto; se le echó una inyección y se quedó tranquilo, se le dio el crucifijo y lo estrechaba sobre el corazón, y tranquilamente se fue apagando hasta expirara las 10 y 25 de la noche del 18 de Julio 1926.»

- julio 9, 2018 - 696 Visitas