María Isabel González del Valle

María Isabel González del Valle

Entre las mujeres ejemplares que ofrece la historia de la Iglesia de Málaga, encontramos a María Isabel González, principal colaboradora del Beato Tiburcio Arnaiz S.I.

Nació en Oviedo, el 2 de julio de 1889.
Su conversión fue en Madrid durante unos Ejercicios Espirituales, en abril de 1920.
El 9 de octubre de 1920 deja definitivamente el mundo y se retira a Bélmez (Córdoba) buscando la Voluntad de Dios.
El 17 de enero de 1921, en Málaga conoce al Beato Tiburcio Arnaiz S.J. , a quien toma como director espiritual.
En enero de 1922, sube a la Sierra de Gibralgalia pedanía de Cártama y da comienzo la “Obra de las Doctrinas Rurales».
El 18 de julio de 1926, muere en olor de santidad el P. Tiburcio Arnaiz .
El primer viernes de octubre de 1928, hace una consagración al Corazón de Jesús con su sangre pidiéndole “imprime con fuerza en mi corazón el deseo de salvar las almas como tú las salvaste con el sufrimiento, la humillación y el abandono de todos”
En el año de la Redención de 1933, viaja a Roma donde conoce al P. Juan Antonio Segarra, jesuita que comprendió admirablemente su alma y el espíritu de la Obra.
El 25 de marzo de 1933, se consolida su Obra Misionera con la “Entronización del Corazón de Jesús en el propio corazón” consagración, que la lleva a ella, a la plena identificación con Cristo.
El 6 de junio de 1937, muere en Jerez de la Frontera.
El 6 de junio de 1954 fueron trasladados sus restos a la iglesia de la Sierra de Gibralgalia, su primera «Doctrina».
El 25 de noviembre de 2019, se abre el proceso diocesano de Beatificación en la Diócesis de Málaga
María Isabel González del Valle fue la principal colaboradora del Beato Tiburcio Arnaiz S.I., y la fundadora, junto con él, de la Obra de las Doctrinas Rurales, Asociación de seglares consagradas, dedicadas a la evangelización y a la promoción cultural y social de las zonas rurales y barrios marginales donde es difícil la presencia del sacerdote.

María Isabel era una mujer de cualidades naturales exquisitas que hicieron de ella la persona adecuada para la misión que Dios en su Providencia, le tenía señalada.

De niña se mostraba viva e inteligente, zalamera, entusiasta, presumida y muy generosa, atenta y maternal con sus hermanos pequeños.

Al alcanzar la madurez, entre los 20 y 30 años (todavía antes de su conversión), sus hermanos y amigos la describían como una joven de atractivo extraordinario; en su círculo de amistades la llamaban «la reina». Le gustaba divertirse y disfrutar de todas las posibilidades que su alta condición social le permitía, con un corazón magnánimo, alegrándose de hacer felices a los que estaban a su alrededor a costa de su dinero y de su entrega. Su hermano destacaba que era caprichosa y tremendamente eficaz para sacar adelante sus ideas, pero no veleidosa, porque sabía lo que quería y por qué lo quería.

Tenía un corazón bondadoso, moldeado en una sólida educación y piedad cristianas, capaz de hechos verdaderamente heroicos, como el completo perdón que mostró a una de sus hermanas que había levantado una grave difamación contra ella. Perdón que movió a los demás miembros de la familia a seguir su ejemplo.

Esta fuerte personalidad comenzó a dar sus más preciosos frutos con una copiosa efusión de gracia sobrenatural y de la caridad divina. Fue en abril de 1920, en unos Ejercicios Espirituales hechos en Madrid con el P. Pedro Castro S.I., que durante la meditación de la Magdalena, se sintió invadida por el amor del Corazón de Cristo. De aquellos días contaba el mismo P. Castro: «Su alma se había rendido a Cristo y no de una manera ordinaria. A partir de aquel día pude observar en ella alientos singulares y deseos extraordinarios para desprenderse de todo, morir a todo por seguir a Cristo pobre. Limpia su alma con una detenida confesión general, su preocupación era comenzar cuanto antes, dejarlo todo y ver cómo y dónde se consagraría al servicio de Dios».

Con la resolución que la caracterizaba, visitó conventos y pasó horas ante su Señor Sacramentado… ¿qué querría el Señor de ella? Viajó de una parte a otra de la Península, según le iba indicando su director espiritual, hasta que el 17 de enero de 1921 se encontró en el locutorio de las Reparadoras de Málaga, con el P. Tiburcio Arnaiz.

María Isabel, desde el primer momento, “sintió” que ese era el director que Dios quería para ella, y a su vez el P. Arnaiz comprendió la valía humana de aquella mujer y el amor ardiente que bullía en su corazón. Con la dulzura y la exigencia de los santos fue puliendo el diamante que se le entregaba: un carácter tan fuerte como dócil, de ideas muy claras y fijas pero sin dureza de juicio, totalmente despreocupada de sí y atenta sólo a los grandes ideales.

Ya en esta primera entrevista, el Padre le propuso ir a la Sierra de Gibralgalia, cerca de Pizarra, a vivir con los serranos y como ellos, sin comodidad material alguna y, lo más duro sin duda, privada de los consuelos espirituales de la Misa y Comunión frecuentes. Nada la arredró y allí comenzó su primera «Doctrina» en enero de 1922, comprendiendo al instante que había encontrado su vocación.

A partir de entonces, fue la suya una vida de entrega sin reservas a su Señor, corta, pero intensa y heroica. Ni la polvareda de críticas y comentarios desfavorables que se levantaron en Málaga, por parecer aquella aventura fruto de un celo extravagante y peligroso. Ni la soledad en la que quedó tras la muerte del P. Arnaiz, ni las enfermedades que la irían consumiendo ni las pruebas interiores que la purificaron la hicieron dudar jamás.

Para conocer el corazón enamorado de María Isabel merece la pena transcribir el siguiente párrafo de su último director espiritual, el P. Juan Antonio Segarra S.I.: «Estoy convencido de que María Isabel no podía encontrarse en su sitio más que con esta vida de las Doctrinas Rurales. Y no es que le faltasen cualidades –que le sobraban–, para ser una madre de familia ideal o una religiosa observantísima en cualquier Orden en que Dios la hubiese colocado. Pero su espíritu lucidísimo y penetrante, su corazón volcánico y realista, su sentimiento finísimo de lo que exige el amor personal a Cristo, no le permitían descansar en ocupaciones pueriles, en pequeñeces y nimiedades… Se sabe y se siente esposa de Cristo, y comprende que toda la pena de Cristo, su Esposo, es por los hijos, y –uniéndose más estrechamente a Él– se preocupa de que esos hijos se acuerden de que son hijos y vivan como hijos y sean el consuelo de su Padre. No se niega nunca a cuidar de los hijos, ni se niega nunca a consolar al Esposo. Es fina y delicada en sus atenciones personales para con Cristo, pero no olvida que el amor de los amores del Corazón de Jesús son los hombres».

Con su ejemplo y generosidad, María Isabel arrastró a un buen grupo de jóvenes malagueñas a entregarse a este novedoso y necesario apostolado, trabajando por los campos de nuestra diócesis. El prestigio y el celo ardiente del P. Arnaiz las arropaba y animaba, y una vez faltó el santo jesuita, solamente la fortaleza y la entrega de María Isabel pudieron sostener y alentar a las que perseveraron en las Doctrinas. A las de aquellos tiempos y las que más tarde, a lo largo de un siglo, continuaron este hermoso apostolado por muchos rincones de España.

Un corazón de mujer prendado por el amor a Jesús, eso era María Isabel y sus ojos no veían sino al Amado de su alma, por eso al morir en la soledad, en la pobreza y la incomprensión, se sentía completamente identificada con Él, moría feliz de haberle entregado su vida.

No era “poesía” lo que buscaba María Isabel, ya se lo había manifestado al P. Arnaiz a los comienzos de su andadura misionera en aquella capillita de la Sierra de Gibralgalia en medio de una fervorosa Hora Santa que hacían los dos: «A mí lo que me pasa es que estoy enamorada del Señor».

Hna. Inmaculada Vila Morera
Postuladora de la Causa de Beatificación de María Isabe

- septiembre 3, 2021 - 26 Visitas