Testimonio de Antonia Trujillo de Álora (Málaga)

Testimonio de Antonia Trujillo de Álora (Málaga)

Me llamo Antonia Trujillo Hidalgo, nací en Alora, de la provincia de Málaga, el día 7 de abril del año 1906. Soy de estado casada y madre del sacerdote de esta Diócesis, D. Pedro Sánchez Trujillo.

Conocí al P. Arnaiz con motivo de unas Misiones que dio en mi pueblo, en tiempos del párroco D. Manuel Domínguez Naranjo, en donde se hospedaba. Después vino varias veces  para renovar el fruto de la Misión.

Él confesó a mi padre y yo también me confesé algunas veces con él. Como acto de la Misión recuerdo que nos juntaba a las jóvenes y nos hablaba de la dicha de servir a Dios y nos decía: «si supierais cuanta paz hay en los conventos, serían muchas las jóvenes que abrazasen la vida religiosa».

Cuando venía a este pueblo, Isabelita Díaz García, nos llamaba a todas para que fuésemos a la reunión que nos daría el Padre. Para esas fechas yo pertenecía a las Hijas de María. El P. Arnaiz era muy amante de esta Asociación y nos exhortaba a pertenecer a ella. En sus estancias en Álora, trabajaba continuamente reuniéndonos para escuchar la Palabra de Dios. Visitaba a los enfermos y salía por los campos para enseñar la doctrina a la gente que vivía dispersa por la vega.

El P. Arnaiz era un hombre muy delgado, de aspecto muy serio, pero cuando hablaba atraía a las gentes como la piedra de imán. Vestía siempre cubierto con el manteo y llevaba siempre el manteo recogido por sus extremos. Sobre el pecho se le veía el crucifijo de misionero.

Para mí el P. Arnaiz era un santo. Su vida de misionero es el mejor testimonio de cómo vivía el espíritu de fe. Daba devoción verle celebrar la Santa Misa y recuerdo la emoción que sentíamos todos cuando él levantaba la Forma.

Hablaba con mucho fervor de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la Stma. Virgen. La virtud de la esperanza y la caridad eran el móvil que le inspiraba en su continuo moverse de un lado para otro para lograr la conversión de los pecadores y gloria de Dios. Siempre incansable, sin desaliento ni dar señales de molestia por las muchas horas de confesonario y continua predicación. Tenía fama de hombre de mucha penitencia; apenas comía y por la noche sólo tomaba una taza de té después del último acto de la Misión.

La pobreza del P. Arnaiz se manifestaba en la humildad de sus ropas sacerdotales, su modestia y espíritu de sacrificio y sobre todo en el gran amor y preferencia que tenía por las personas humildes y necesitadas.

Toda esta vida de sacrificio y trabajo apostólico le ganaron la fama de santo que tenía en este pueblo. Tuve conocimiento de la muerte del P. Arnaiz porque su defunción se propagó por todo el pueblo. La gente decía: ha muerto el P. Arnaiz y todos lo comentaban haciendo elogios de su santidad.

El hecho más extraordinario que vivimos todos aquí en Alora fue la conversión de María Díaz, que vivía en calle Algarrobo.

Esta mujer en un principio era muy piadosa y acudía mucho a la Iglesia pero por causa de un disgusto que tuvo con el Párroco se alejó totalmente de Dios y no quería saber nada que se refiriese a la Iglesia. Estando gravemente enferma se le exhortaba a que se confesase pero ella con palabras violentas lo rechazaba todo. Un día le hablaron del P. Arnaiz, ella al principio no quiso saber nada de él, pero la noche de aquel día contaba que había ido un sacerdote a verla, y que la convenció para recibir los últimos sacramentos. Pidió que llamasen al P. Arnaiz y cuando se retiró de su habitación ella dijo a sus familiares: ese es el cura que vino a visitarme ayer y que yo no conocía. Nadie tuvo noticias de que el P. Arnaiz hubiera estado la noche anterior en su casa y esto se comentó como un milagro del P. Arnaiz. María Díaz murió muy consolada y resignada en las manos de Dios.

- julio 1, 2019 - 21 Visitas