Testimonio de D. Serafín Claros

Testimonio de D. Serafín Claros

D. Serafín Claros Rodríguez era un empleado de Correos, cartero, concretamente. Era persona muy religiosa como lo afirman las personas que le conocieron. Se casó con Dña. Josefa Corpas Bueno, y falleció el año 1954.
En la declaración jurada narra la curación prodigiosa de un enfermo del Hospital, obra del P. Arnaiz, que él supo por frecuentar dicho lugar por razón de su oficio.

Al personarme en el Hospital Civil, sobre las nueve de la mañana, hube de encontrar varios grupos de enfermos que comentaban acaloradamente el suceso extraordinario, desarrollado, en presencia de todos, la noche anterior. Entre los comentaristas había un enfermo que, en camisa de dormir, decía, que sobre las seis de la mañana, su vecino de al lado de su cama, se había apoderado de su ropa, poniéndosela, ofreciéndole que, tan pronto regresara de un asunto que tenía pendiente se las devolvería.
He de hacer constar que el enfermo a quien se refería (y cuyo nombre no recuerdo) ingresó en el Hospital, paralítico, y sin habla, manteniéndose en esta situación varios meses, por lo que unas veces los enfermos y otras las enfermeras eran los encargados de darle de comer, pues él no podía hacerlo.
El día anterior al que me refiero se presentó en el Hospital el Padre Arnaiz, y al ver a este individuo con la cara tapada con el embozo de la cama llamó la atención de la Hermana a la que preguntó qué enfermedad padecía aquel pobrecito, y cómo se encontraba.
– Está paralítico, pero tan grave que seguramente habrá dejado de existir.
Se acercó el Padre y quedamente levantó la sábana y viendo que tenía los ojos cerrados, pasó sobre su frente la mano. A los pocos instantes abrió el enfermo los ojos y le sonrió.

En Málaga

-Cómo te encuentras, me pareció que dormías, ¿verdad?
– No. No, señor, no dormía, pensaba que, cuando me habían tapado la cara es porque creían se aproximaba mi fin.
– Y tú creías también que era tu última hora, que todo había terminado para ti.
– No, señor, antes sí, pero desde que me puso la mano en la frente he sentido un gran desahogo en el pecho, que me permite respirar mejor, al par que he sentido que mis miembros, hasta ahora de plomo, se reaniman y hasta creo que quizá pudiera moverme.

Los enfermos próximos, al sentir hablar al paralítico, (como le llamaban), cosa que no había hecho desde su entrada, llamaron a la hermana, que se encontraba en un extremo del salón y le explicaron el suceso. Ordenó la hermana que nadie se acercara por aquel lado, y ella, quedamente, se aproximó, y en voz muy baja explicó al Padre que era la primera vez, desde su entrada que había hablado.
– Querrá confesar, le preguntó al Padre.
– Veremos, para la voluntad divina nada hay imposible
A pesar de haber tenido lugar, esta conversación, en voz muy baja y a los pies de la cama, el enfermo se dio cuenta de lo que se trataba, pues manifestó sus deseos de confesar.

El Padre Arnaiz, se procuró personalmente una silla, sentándose a la cabecera del paciente donde permaneció cerca de una hora, exhortándole al marcharse a que tuviera fe en el Cordero Divino, y pronto Dios mediante, podrá reunirse con sus familiares.
Al salir dijo a la Hermana que avisar al Padre Capellán para que preparara lo necesario para dar la Santa Comunión al que una hora antes, desahuciado por el médico de la sala tenía la cara cubierta para evitar a sus vecinos el triste espectáculo de su agonía.
A la mañana siguiente, sobre las seis, se puso las ropas del vecino marchándose a la Residencia de los jesuitas donde manifestó sus deseos de comulgar con el Padre Arnaiz, a lo que accedieron.
Poco después regresó al Hospital, entregando a quien se lo había prestado el traje de que se sirvió para salir, y pidió a la Hermana el favor de que dijera al médico que le extendiera su alta, pues se consideraba bien y quería marcharse.
A las diez de la mañana y después de estudiar detenidamente al enfermo, el Director y varios médicos más, que habían tenido conocimiento de lo extraordinario del caso, extendieron el alta del mismo haciendo constar que se encontraba totalmente curado.
Por la Administración del Hospital le fue facilitado un traje, y con un centenar de abrazos de los compañeros salió contento y feliz para su casa, quien el día anterior se encontraba en la puerta de la Eternidad.
Todos estos detalles los adquirí en el Hospital donde por espacio de mucho tiempo fue la conversación obligada de los enfermos y sus familiares por la asombrosa cura llevado a cabo por el Rvd. P. Arnaiz.

Serafín Claros Rodríguez

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- 25 de abril de 2024 - 726 Visitas